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Cuando los niños crecen

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 Ayer fui con mi hijo a la FIL Lima 2008. Nunca vi tantos libros fue lo primero que me dijo al entrar. Su entusiasmo, de por sí mesurado, se vino abajo cuando vio la larguísima cola para poder ingresar al auditorio Ricardo Palma. Quería ver a Vargas Llosa, pero para nada quería estar dos horas en la espera quieta de una fila. ¿Puedo ir al cine mientras haces la cola? Mi respuesta inmediata, normalmente, sería un "no" inapelable; sin embargo, solo callé y miré esa carita lúdica que añadía "Di que sí. Mira que será mi primera aventura". A los doce años, mi niño de todos los días me pedía que le permitiera emprender su primera aventura. Saqué de la cartera un billete y se lo entregué. "Cuídate" le dije. Y ya en broma, acariciando su mejilla agregué "si no te vuelvo a ver, recuerda que te quiero mucho". Para coronar mi asombro, lo vi partir sin volver el rostro. Eso no estaba en mis planes. Pensé que en unos minutos regresaría. Me equivoqué. Al cabo de media hora, encargué mi lugar en la fila y salí a buscarlo. Ya estaba desesperada. Quería recordar si le había dado los suficientes consejos que pudieran protegerlo. No di con él. Pensé que lo mejor era volver a la fila pues si no me encontraba, podía asustarse. Pasaban los minutos y ya había perdido todas las ganas de escuchar a nuestro celebrado novelista. ¿Qué importaba la literatura entera en ese momento? Escuché que perifoneaban el nombre de una niña pequeña que se había perdido. Seguía petrificada. Iba y venía por el corredor por donde lo vi alejarse. ¿Debía hacer perifonear su nombre? La fila empezó a avanzar. Ya estaban acomodando a los asistentes. Faltaban unas cuarenta personas. Me salí de la fila. Miré al corredor petrificada. Empecé a rezar. Pensaba que no lo había preparado para una situación así. No lo había prevenido sobre los peligros que puede encontrar en ese mundo de extraños que es ese mundo donde las madres dejamos de vigilar. Sé que volverá y yo estaré parada en el mismo lugar porque eso sí lo hemos conversado. En un instante giré la cabeza y lo vi. En un stand de Contracultura. Revisaba unos comics. No lucía asustado. Lo llamé tratando de disimular la emoción del reencuentro. Vino sin prisa. Sonreía. "Entremos a la cola o nos quedaremos sin ver a Vargas Llosa" y como si nada hubiera pasado continuó "¿Cueto es el que escribió algo sobre una mujer ballena?" Así es, amor, así es. Contesté y entramos felices como dos amigos que comparten una pasión.

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